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Por José Manuel Beltrán

La señora Manola tenía una paciencia, de esa que otros conceptúan y no sé muy bien el por qué, de un santo. Sus orígenes, mucho más humildes que los propios humildes, no le habían permitido más que aprender las llamadas reglas básicas y entre ellas también se encontraba la de la escritura y lectura. Ella siempre se escudaba en lo mismo y esa razón no era otra que la de su propia firma. Denotaba sinrazón, y creo que acertadamente, cuando al recibir correspondencia en casa se fijaba en la rúbrica de quién enviaba la misiva. Si bien el contenido del texto era en su mayor parte comprensible, siempre y cuando no se entrelazasen en el mismo lo que ella denominaba “palabras raras”, cuando llegaba al final le era totalmente imposible efectuar la lectura. Me acuerdo que mi padre le decía: “Manola, eso es la firma y cada uno la hace como se le antoja”. Era obvia su sinrazón. –Mira, Jenaro, si este señor ha tenido la paciencia de escribir esta carta que, en su mayor parte, yo puedo leer y comprender, no puedo explicarme como al final no es capaz  que su firma también se lea. Yo no tengo estudios, pero cuando me dicen que firme no tengo problemas. Lo ves, mi firma es mi nombre: Manola López. Un poco más artística, sí, pero se lee: Manola López.

El Micho, célebre pequeño cuadernillo-libro, estaba desgastado por todas partes. Insistentemente, cada día, la señora Manola se empeñaba conmigo en repasar lo de la “m” con la “a” es “ma”, y así sucesivamente. Después de escribirlo me entretenía con la lectura de otros cuentos infantiles, aún cuando a mí lo que más me gustaba era escucharlos de su propia voz. Así pasaron muchos más años, dónde para descanso de la señora Manola, el que ahora suscribe necesitó de su ayuda en menor medida. Presté mi colaboración con mis hermanos pequeños aún cuando la señora Manola siempre se encontraba vigilante para que todas las tareas se finalizasen por completo.

Hoy, ya sábado, después de leeros a todos con suma atención y deleitarme con vuestras razones para escribir en un blog comprenderéis mi razón, cuando en voz muy alta proclame yo mismo: ¡Viva la madre que me parió!.  Gracias señora Manola, fíjate tú de que forma más sencilla he encontrado una oportunidad para que estas letras, no escritas de forma artesanal como a ti te hubiera gustado más, sean un homenaje a tu persona y al título de este nuevo blog. Mamá, perdona, la firma de esta carta la he incluido al principio, pero como puedes leer se entiende perfectamente: José Manuel Beltrán López.

Salud, ciudadanos

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